El pan es mucho más que un alimento en la Argentina. Es parte de la mesa cotidiana, del desayuno de los chicos, del almuerzo de los trabajadores, de la merienda de los abuelos. Pero ese vínculo profundo entre los argentinos y sus panaderías de barrio está en riesgo: los hornos se apagan, las persianas bajan y una actividad que forma parte del ADN gastronómico del país enfrenta una crisis sin precedentes.
Esa fue la señal de alarma que llevó Martín Pinto, Secretario General de la Cámara de Industriales Panaderos de la Provincia de Buenos Aires (CIPAN), al Senado de la Nación, donde se reunió con los senadores Sergio Uñac y Jorge Capitanich junto a representantes de otras entidades productivas.
Pinto describió un sector golpeado en todos sus frentes: las ventas caen, el poder adquisitivo de los consumidores se erosiona y los costos de producción, harinas, energía, insumos, no dejan de subir.
El resultado es brutal: panaderías que cierran sus puertas de manera constante, muchas de ellas con décadas de historia en sus barrios.
La panadería argentina no es solo industria: es oficio transmitido de generación en generación, es el olor a medialunas recién hechas, es el panadero que conoce el nombre de cada cliente.
Perder ese tejido no es solo una estadística económica, es una pérdida cultural y comunitaria que impacta directamente en la forma en que los argentinos se alimentan y se relacionan con su entorno.
Por eso, desde CIPAN acompañaron el reclamo colectivo del sector productivo para que el Congreso declare la emergencia económica, social y productiva para las PyMEs industriales, una medida que busca frenar el cierre de empresas, proteger los puestos de trabajo y preservar actividades esenciales como la panificación artesanal e industrial.

