El gigante anfitrión contra el guaraní que nunca se rinde. En la mesa, dos culturas que convirtieron ingredientes simples en identidades nacionales: el fuego lento de Estados Unidos contra el pastel de maíz de Paraguay que desafía su propio nombre.
Hay algo provocador en este partido. Estados Unidos es el país anfitrión, la potencia que organiza el torneo, la selección que juega en casa. Paraguay llega como visitante desde el corazón de Sudamérica, sin costa, sin grandes ríos que lo separen del continente, con una historia marcada por guerras devastadoras y una resiliencia que sus vecinos conocen bien. En la cancha, el partido promete. En la mesa, la disputa es igualmente interesante.
Porque los dos traen cocinas que nacieron de lo que había cerca, que fueron subestimadas durante décadas y que hoy se reivindican con orgullo como parte del alma de cada nación.


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Estados Unidos y fuego que tiene cinco apellidos
Hablar del BBQ americano como si fuera una sola cosa es el primer error que puede cometer un extranjero. En Estados Unidos existen cuatro estilos principales que marcan la pauta en cuanto a ingredientes y preparación: Memphis, Kansas City, Texas y las Carolinas, una zona conocida como el cinturón del BBQ. Cada región tiene su técnica, su madera, su corte preferido y su posición sobre la salsa, que en Texas directamente se omite, porque el brisket ahumado durante catorce horas no necesita disculpas.
Los primeros registros escritos de “barbacoa” datan de 1526, cuando el explorador español Gonzalo Fernández de Oviedo describió a los taínos en Haití usando estructuras de madera para cocinar. La palabra proviene del término taíno “barabicu”, que significaba “marco de madera suspendido”. Es decir: la técnica que el mundo asocia con el sur de Estados Unidos nació en el Caribe, fue adoptada por colonos europeos y transformada en algo nuevo a lo largo de siglos.
El historiador de la alimentación Adrian Miller describe cómo la barbacoa apareció paulatinamente en el siglo XVIII cuando los colonizadores británicos en Virginia obligaban a los africanos esclavizados a preparar su comida, asimilando las técnicas de los indígenas americanos. Más tarde, los inmigrantes alemanes agregaron las salchichas a la combinación en el siglo XIX, allanando el camino a la barbacoa contemporánea al estilo texano. El BBQ americano es, como tantas cosas en ese país, el resultado de culturas forzadas a convivir que terminaron creando algo que ninguna hubiera imaginado sola.
Y si el BBQ es el alma festiva de la mesa americana, la hamburguesa es su cara cotidiana. Omnipresente, democrática, infinitamente adaptable. Desde el slider de barrio hasta la creación de tres pisos de un restaurante de autor, la burger atraviesa clases sociales y geografías como ningún otro plato del país.
Paraguay: la única sopa sólida del mundo
Del otro lado de la cancha, Paraguay llega con uno de los platos más peculiares de toda la gastronomía sudamericana. La sopa paraguaya, a pesar de su nombre, no es líquida sino un pastel horneado de maíz molido, cebolla, leche y queso. Paraguay es el único país del mundo que llama “sopa” a un plato sólido.
La historia del nombre tiene su propia leyenda. La anécdota más difundida tiene como protagonista a Carlos Antonio López, gobernante del país entre 1841 y 1862, quien gustaba de una sopa blanca elaborada con leche, queso Paraguay, huevo y harina de maíz. Una versión cuenta que en cierta ocasión la cocinera se equivocó con las proporciones y la preparación solidificó en el horno. López la probó, le gustó, y así quedó. Verdad o leyenda, el resultado es el mismo: un bizcocho salado, húmedo por dentro, dorado por fuera, que fue declarado Patrimonio Cultural Inmaterial del Paraguay en 2017.
Su origen se remonta a la tradición de los guaraníes de consumir comidas elaboradas con harina de maíz cocinadas en ceniza caliente. A esa base los españoles introdujeron el queso, los huevos y la leche. Es un plato mestizo en el sentido más literal: dos culturas, dos técnicas, un solo resultado que no se parece a nada de lo que cada una hacía por separado.
Y luego está el tereré. Con el termo y el tereré bajo el brazo, los ciudadanos paraguayos nunca abandonan esta refrescante bebida. Es yerba mate con agua fría, a veces con jugo de frutas, a veces con hierbas medicinales, que se toma en ronda, en silencio o en conversación, en cualquier momento del día. No es simplemente una bebida: es un protocolo social. La persona que prepara el tereré tiene un rol en el grupo. Compartirlo es un gesto de confianza. Rechazarlo, casi una ofensa.
Lo que los une: el fuego y la identidad construida
Hay una línea que conecta el BBQ y la sopa paraguaya que va más allá de los ingredientes: los dos son platos que nacieron del mestizaje, que fueron durante mucho tiempo considerados “comida de pobres” o de sectores marginados, y que con el tiempo se convirtieron en banderas culturales. Los estadounidenses adaptaron y popularizaron el método del BBQ, pero no lo inventaron. Paraguay tomó la harina de maíz guaraní, le sumó los lácteos españoles, y creó algo que no existía en ninguna de las dos tradiciones por separado.
Los dos, además, son cocinas de comunidad. El BBQ no se hace para uno: se hace para una tarde, para un patio, para un barrio. El tereré tampoco se toma solo: el guampa pasa de mano en mano y con él, algo más difícil de nombrar.
El veredicto gastronómico
El BBQ gana en diversidad y en profundidad técnica: cuatro estilos distintos, siglos de evolución, una cultura del ahumado que tiene sus propios maestros, sus propias maderas y sus propias religiones sobre la salsa.
Pero Paraguay gana en singularidad absoluta. Nadie más en el mundo llama sopa a un pastel sólido. Nadie más convirtió el mate frío en un ritual de identidad nacional que viaja en el bolsillo de cada paraguayo a cualquier lugar del mundo. En gastronomía, lo irrepetible siempre tiene un lugar especial.
Resultado gastronómico: victoria de Paraguay por originalidad y por el tereré. Porque inventar la única sopa sólida del planeta, y que encima esté buenísima, es un mérito que no tiene discusión.

