Masgouf y samoon vs. Rakfisk y aquavit: Irak y Noruega, dos formas extremas de cocinar pescado

Irak-Noruega

Una carpa del río Tigris asada durante horas junto al fuego en Irak, presentada a jefes de Estado como gesto de máxima hospitalidad. Una trucha fermentada durante meses en Noruega, considerada un manjar solo por quienes crecieron con su aroma.


Dos cocinas que tomaron el mismo ingrediente, el pescado de río, y lo llevaron a extremos completamente opuestos: el fuego directo de Mesopotamia contra la fermentación silenciosa de los fiordos noruegos.

Pocos cruces de este Mundial son tan geográfica y culturalmente distantes como este. Irak es la heredera directa de Mesopotamia, una de las cunas de la civilización, con una historia gastronómica que se remonta a los sumerios y babilonios.

Noruega es uno de los países nórdicos más septentrionales del planeta, con una cultura culinaria forjada por inviernos brutales y la necesidad de conservar alimentos durante meses. En la cancha, ambos llegan con historias futbolísticas modestas a nivel mundialista.

En la mesa, sin embargo, el cruce tiene algo fascinante: los dos países construyeron su plato más emblemático alrededor del pescado de río, pero llegaron a resultados absolutamente opuestos.

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El pescado que se sirve a los presidentes en Irak

El masgūf es un plato de la cocina iraquí que consiste en una carpa asada a la parrilla, a menudo considerado el plato nacional de Irak. El pescado se obtiene de la Cuenca del Tigris-Éufrates.

Sus orígenes se remontan a los babilonios y sumerios, que obtenían el pescado del río Tigris. Pocos platos en el mundo pueden reivindicar una continuidad histórica de varios milenios.

El proceso de preparación es, en sí mismo, un ritual. Comienza con la captura del pescado vivo, al cual se le da un golpe para matarlo. El pescado se limpia, se abre y se marina con aceite de oliva, sal gruesa, tamarindo y cúrcuma. Se asa en una parrilla especial de hierro junto a un altar de fuego, alimentado con troncos de albaricoquero.

El tiempo de cocción varía de una a tres horas, permitiendo que la grasa se queme por completo. El resultado es un plato fragante que embodia la cocina iraquí, servido con vegetales, hierbas, limón y arroz.

El masgūf tiene además una dimensión diplomática que pocos platos pueden igualar. Es ampliamente reconocido como el plato más popular de Irak, y también el que más se sirve a las delegaciones extranjeras que visitan el país por parte de las autoridades iraquíes.

Dos admiradores notables de este plato fueron el presidente de Francia, Jacques Chirac, y el político ruso Vladimir Zhirinovsky. Chirac aparentemente se enamoró del plato durante una visita a Irak en una cena formal dada a su honor por Saddam Hussein.

La capital iraquí, Bagdad, es la zona con mayor y mejor producción de masgūf, con un distrito, el de Abu Nawas, a orillas del río Tigris, dedicado a este plato, con más de docenas de restaurantes.

Irak

Fue en la Edad de oro del islam, cuando Bagdad era la capital del califato abasí entre 750 y 1258, que la cocina iraquí logró su auge, y hoy la gastronomía de Irak refleja esa rica herencia, con influencias fuertes de las tradiciones culinarias del vecino Irán, Turquía y la región siria.

Junto al masgūf, el samoon es el pan que acompaña casi cualquier comida iraquí, y su historia tiene un detalle curioso: lleva el nombre de su creador. La primera persona en producir samoons en Irak fue un armenio llamado Simon en la región de Bab al-Agha. Simon Samoon en árabe, dio su nombre al pan, que inmediatamente se volvió popular en todo Irak.

Es un pan blanco tradicionalmente con forma de canoa o diamante, un poco más ancho que la palma de una mano, que se cuece tradicionalmente en un horno de ladrillos calentado con fuego de leña, igual que la pizza tradicional. Por eso también se lo llama samoon hahadjra, “samoon de piedra”.

Es el pan más popular de Irak junto con el khubz, y se sirve con una amplia variedad de platos como hummus, shish kebab o shawarma.

El pescado que necesita meses para estar listo en Noruega

Del otro lado del mapa, Noruega lleva el concepto de “pescado conservado” a un extremo que pocas cocinas del mundo se atreven a igualar.

El rakfisk tiene sus orígenes en la Edad Media, cuando era una forma de conservar el pescado para poder consumirlo durante los largos y duros inviernos noruegos. En aquella época, el pescado se colgaba en un lugar fresco y se dejaba fermentar durante varios meses.

Se cree que el rakfisk se originó alrededor del año 1300 d.C., lo que lo convierte en una parte integral de la cultura noruega ancestral.

El rakfisk se elabora a partir de pescado fermentado, típicamente trucha, y ocupa un rincón especial en el corazón de los noruegos. Tanto es así que solo en este país se consumen anualmente unas 500 toneladas de esta delicia.

Su proceso de preparación puede llevar desde meses hasta años. Este proceso de fermentación es lo que da al rakfisk su sabor único y su textura suave. A lo largo de los años, las familias han perfeccionado sus propias recetas, ajustando el tiempo de fermentación y la cantidad de sal según sus preferencias.

Noruega

Tradicionalmente, el rakfisk se sirve cortado en finas rebanadas sobre pan plano o lefse, un tipo de pan de papa noruego, acompañado de condimentos como nata agria, cebolla roja y salsa de mostaza.

El rakfisk tiene tal importancia cultural en Noruega que hay eventos dedicados a celebrarlo: el más destacado es el Festival anual del Rakfisk, que se celebra en Fagernes y atrae a miles de visitantes que acuden a disfrutar de actuaciones musicales, demostraciones de cocina y, por supuesto, a degustar distintas variedades de rakfisk.

Aunque puede que no sea del agrado de todos los paladares debido a su fuerte aroma y sabor, aquellos que lo disfrutan lo aprecian por su singularidad.

Y junto al rakfisk, el aquavit. El término “aquavit” proviene del latín “aqua vitae”, que significa “agua de vida”. Es un licor tradicional de Noruega que se elabora principalmente a partir de patatas o granos, y se aromatiza con una variedad de hierbas y especias, siendo el eneldo uno de los ingredientes más representativos.

El aquavit ocupa un lugar especial en la cultura noruega, siendo una bebida emblemática en numerosas festividades y celebraciones, desde bodas hasta fiestas navideñas. Durante las festividades navideñas, el aquavit se convierte en un elemento central en la mesa noruega, disfrutado junto a platos típicos como el lutefisk o el rakfisk.

Lo que los une: el pescado de río como lienzo cultural

Hay algo notable en este enfrentamiento: tanto Irak como Noruega construyeron su identidad gastronómica alrededor del pescado de agua dulce, pero con filosofías diametralmente opuestas. El masgūf es inmediatez: el pescado se pesca, se mata, se abre y se asa el mismo día, junto al fuego, en un proceso que dura horas pero que termina en la misma jornada.

El rakfisk es paciencia extrema: el pescado se fermenta durante meses, a veces años, antes de estar listo para comerse.

Los dos, sin embargo, comparten algo esencial: son platos que se sirven en ocasiones especiales, que generan festivales propios, y que representan una conexión profunda con el territorio, el río Tigris en un caso, los fiordos y lagos noruegos en el otro.

Los dos tienen bebidas que los acompañan con una lógica similar: el té chai iraquí y el aquavit noruego son, cada uno en su cultura, la bebida que cierra la comida y abre la sobremesa.

El veredicto gastronómico

El masgūf gana en inmediatez y en peso diplomático: pocos platos del mundo pueden decir que fueron servidos a jefes de Estado como máximo gesto de hospitalidad, y que un presidente francés se enamoró de ellos en una cena de Estado.

Pero el rakfisk gana en audacia y en compromiso con la tradición: un plato que requiere meses de fermentación, que tiene un festival propio, y que se sigue preparando con las mismas técnicas de hace setecientos años, en un mundo donde casi nada se hace ya con esa paciencia, tiene un mérito que va más allá del sabor.

Resultado gastronómico: victoria de Irak por el peso de la historia. Cinco mil años de tradición mesopotámica, un plato que sigue siendo el embajador gastronómico de un país que necesita buenas noticias, y un pan que lleva el nombre de quien lo inventó. El rakfisk se lleva el premio a la valentía, pero el masgūf se lleva el partido.


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